El tiempo entre costuras
No sé el tiempo que llevaba allí sentada en la escalinata de acceso a la catedral, pero el martilleo de los dedos de su pie izquierdo contra la suela de su sandalia revelaba que esperaba impacientemente a alguien que se resistía a aparecer. Leía cuando yo llegué “El tiempo entre costuras” en la mitad del cual había una marca de papel y leía muy deprisa y compulsivamente como si con ello consiguiese que el tiempo pasase más rápido, hasta el punto que acabó la novela y la guardó en el bolso de piel marrón sin quitarle la señal de la lectura anterior.
Jugueteaba con el móvil como si no se atreviese a llamar o como preparándose para descolgar sin demora en cuanto se produjera un aviso que nunca llegó; e ignoro por qué me vino al pensamiento ese personaje de la novela, Ignacio Montes, que tanto daño le hizo a la protagonista Sira Quiroga; pero era mi imaginación, tal vez construyendo una historia que nada tenía que ver con la realidad.
Entré en la catedral y cuando acabé mi visita no pude evitar dirigir una mirada al escalón donde la bella chica estaba sentada. Y me entristeció comprobar que había desaparecido. Nunca sabré cómo acabó la historia real que tal vez no difiriese mucho de la que concebí en mi mente, pero no puedo evitar cada vez que visito esa catedral, acordarme de la chica morena que esperó, no sé si inútilmente a que apareciese la persona que tal vez amaba.
Y no pude, por tanto averiguar si “cualquier parecido con la realidad era pura coincidencia”.
No sé el tiempo que llevaba allí sentada en la escalinata de acceso a la catedral, pero el martilleo de los dedos de su pie izquierdo contra la suela de su sandalia revelaba que esperaba impacientemente a alguien que se resistía a aparecer. Leía cuando yo llegué “El tiempo entre costuras” en la mitad del cual había una marca de papel y leía muy deprisa y compulsivamente como si con ello consiguiese que el tiempo pasase más rápido, hasta el punto que acabó la novela y la guardó en el bolso de piel marrón sin quitarle la señal de la lectura anterior.
Jugueteaba con el móvil como si no se atreviese a llamar o como preparándose para descolgar sin demora en cuanto se produjera un aviso que nunca llegó; e ignoro por qué me vino al pensamiento ese personaje de la novela, Ignacio Montes, que tanto daño le hizo a la protagonista Sira Quiroga; pero era mi imaginación, tal vez construyendo una historia que nada tenía que ver con la realidad.
Entré en la catedral y cuando acabé mi visita no pude evitar dirigir una mirada al escalón donde la bella chica estaba sentada. Y me entristeció comprobar que había desaparecido. Nunca sabré cómo acabó la historia real que tal vez no difiriese mucho de la que concebí en mi mente, pero no puedo evitar cada vez que visito esa catedral, acordarme de la chica morena que esperó, no sé si inútilmente a que apareciese la persona que tal vez amaba.
Y no pude, por tanto averiguar si “cualquier parecido con la realidad era pura coincidencia”.
