Foto de hace ya unos cuantos años, con la compacta Canon Powershot A520.
El tiempo es el hilo narrativo.
Es el tiempo efímero de un día cualquiera, donde el día y la noche se juntan al morir la tarde, repitiendo el ciclo eternamente bajo la mirada del guardián, al que aún recuerdo hace eones cuando lo colocó ahí mi padre.
Pero también es el Tiempo que marca las eras, aquel que se posa implacable sobre las estructuras y los pueblos, mi pueblo, y del cual ni siquiera el protagonista, pese a su piel de loza, logra escapar.
Lo que me evocó la foto, la escena, es una alegoría a la fugacidad y al anhelo: una perspectiva amplia de lo vivido frente al paso lento, pero inevitable, del reloj.
