La abigarrada disposición urbanística de la zona histórica de Cádiz, (y recordemos que se trata de un islote de un kilómetro y medio cuadrado, aproximadamente) está cuidadosamente diseñada para combatir los vientos de Levante y de Poniente, que azotan con especial virulencia. Esto provoca una intrincada maraña de calles que se entrelazan. Es bastante frecuente entre los gaditanos cuando se citan, quedar en el cruce entre dos calles, es lo que aquí se denomina bocacalle: "quedamos en la bocacalle de Plata y Veedor", por ejemplo. Uno de mis actuales afanes es realizar un trabajo sobre estas bocacalles, desde la perspectiva curiosa del visitante que se sumerge por primera vez a ellas. Ya os iré mostrando lo que vaya saliendo.
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