Hay silencios que solo se entienden frente al mar. A veces, la mejor conexión inalámbrica no es el Wi-Fi, sino quedarte un rato así: de espaldas al mundo, con la mochila a un lado y el horizonte como única notificación pendiente. Cádiz tiene ese imán que te obliga a sentarte y, simplemente, no hacer nada. Y creedme, no hacer nada nunca se sintió tan productivo.
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