Entrevista a Esther Garrison

No hacen falta décadas para construir una voz fotográfica propia. Esther Garrison lo demuestra con una irrupción en el panorama fotográfico acumulando ya varios reconocimientos de peso: desde la exploración de las rutas del carbón kazajas en «¿Dónde? En Karagandá» -finalista del Premio ENAIRE 2023- hasta el silencio introspectivo de «No Content», Mención de Honor en los ND Awards 2024.

Afincada en Suecia, utiliza la cámara para examinar las grietas entre el desarrollo corporativo, la emergencia climática o el profundo aislamiento que define a nuestros tiempos. Y lo hace resolviendo de manera magnética la contradicción de retratar escenarios complejos bajo una atmósfera visual refinada, de estética fílmica y muy humana.

En FujiKina Madrid 2026 nos presentará su proyecto de fotolibro. El próximo 24 de mayo nos guiará en una keynote por Trans-Siberian to the Closed City, galardonado con la Beca PHotoESPAÑA.

(C) Esther Garrison

Para aquellos lectores que aún no estén familiarizados con tu obra, nos gustaría que te presentaras. Viendo tus últimos logros como el de la Beca PHotoESPAÑA, el ser finalista en el Premio ENAIRE o tu Mención de Honor en los ND Awards 2024, cualquiera podría pensar que llevas décadas dedicada profesionalmente a la fotografía, pero lo cierto es que tu inmersión total es relativamente reciente…

Sí, es verdad, visto desde fuera puede parecer que llevo toda la vida dedicada profesionalmente a la fotografía, pero no ha sido exactamente así. La fotografía siempre ha estado muy cerca, sobre todo porque mi padre es fotógrafo, y en casa eso formaba parte del paisaje natural. Pero mi propia relación con la cámara fue creciendo poco a poco, casi sin darme cuenta.

Yo diría que empecé a descubrir la fotografía de verdad a partir de los años 2000, cuando empecé a viajar mucho por trabajo. Y sobre todo desde 2010, porque ahí los viajes se intensificaron muchísimo. Viajaba por temas de sostenibilidad, muchas veces a lugares complejos, remotos o conflictivos. Y la cámara empezó a ser una forma de documentar lo que veía, sobre todo en el aspecto medioambiental y de comunidades afectadas por la industria. No era para nada “voy a hacer un proyecto”, sino “solo quería evocar una sensación o un lugar”.

El salto llegó en 2016, cuando mi padre me dio su Fujifilm X-T1. Ahí cambió algo. Pasar a una cámara de lentes intercambiables me hizo mirar de otra manera. Me obligó a estar más presente, a tomarme más en serio lo que estaba haciendo, aunque yo todavía no lo llamara carrera artística.

(C) Esther Garrison

Y luego vino otro momento muy bonito, que fue en 2023, con mi primera exposición en la Real Sociedad Fotográfica. Eso pasó en gran parte porque mi padre se empeñó en que yo rescatara un trabajo sobre Kazajistán que tenía guardado en un disco duro, muriéndose de la risa. Él me puso en contacto con Fotonline y, de repente, aquello que para mí era casi un archivo personal empezó a tener una vida fuera de mi ordenador. Mandamos el proyecto a la convocatoria de la RSF y quedó seleccionado. Luego vino quedar seleccionada en el 2023 para ENAIRE y exponer en el Real Jardín Botánico, la Beca PHotoESPAÑA, quedar seleccionada para Chico Review con el fotolibro, y ahora ENAIRE otra vez.

Creo que mi historia con la fotografía ha sido muy orgánica. No ha sido una línea recta. Ha sido más bien una acumulación de viajes, intuiciones, dudas, archivos olvidados y gente que me ha empujado un poco cuando yo no terminaba de atreverme.

Me hace especial ilusión esta entrevista por algo muy concreto. Te cuento: hablando sobre la anterior convocatoria de las GFX Challenge Grant Program, en una salida fotográfica en Bilbao, te puse de ejemplo para animar a varios fotógrafos con buenas ideas, pero con la sensación de “no haber empezado a tiempo” para atreverse a ser más ambiciosos con sus proyectos. Sabiendo que tu carrera artística ha roto esos moldes en muy poco tiempo, ¿qué le dirías a esta gente que duda en dar el salto?

Qué curioso que menciones el GFX Challenge Grant Program, porque mi sueño es ganar una beca para completar mi proyecto a largo plazo sobre el carbón.

Pues les diría que la fotografía no tiene edad. De verdad.

(C) Esther Garrison

Creo que a veces nos hacemos mucho daño con esa idea de que hay una edad correcta para empezar, para presentarte a convocatorias, para hacer un libro, para exponer, para tomarte en serio. Como si hubiera un calendario secreto y tú ya llegaras tarde. Y no es verdad.

He conocido a gente con más de 70 años haciendo el Máster PHotoESPAÑA o presentando proyectos en el Chico Review en Montana. Me parece de lo más refrescante conocer gente así. La edad no significa echar la toalla, creo que mucha gente lo usa como excusa para ocultar sus miedos. Y lo entiendo, porque si yo quisiera me podría poner a aprender a tocar un instrumento musical, y pienso: «¿a estas alturas…?». Y, ¿sabes lo que es? Pereza y el no atreverse. Hay que salir de eso.

A la gente que lleva acumulando archivos durante décadas y que no los saca a la luz les diría que empezar ahora es incluso una ventaja. Ya tienes un camino hecho. Llegas con experiencias, con contradicciones, con historias, con sentido del humor, con viajes, con una manera propia de ver el mundo. ¡No hay que ser Vivian Maier y esperar a estar muerta para que te descubran!

Yo durante mucho tiempo hice fotos sin saber muy bien qué hacer con ellas. Las subía a Instagram y las volvía a guardar. Y creo que a mucha gente le pasa eso: tiene material, tiene mirada, tiene intuición, pero le falta darse permiso.

Así que les diría: no esperéis a sentiros preparados, porque igual ese momento no llega nunca. Empezad con lo que tenéis. Enseñad el trabajo. Presentaos a convocatorias. Pedid ayuda. Hablad con otros fotógrafos. Y sobre todo, no os comparéis con los demás. Cada uno llega por un sitio. Yo llegué por la sostenibilidad, y por los viajes de trabajo.

Precisamente, uno de tus trabajos fotográficos es el motivo principal por el que te tendremos el 24 de mayo impartiendo una Keynote en la Fujikina Madrid 2026. Vas a presentar tu fotolibro Trans-Siberian to the Closed City. Como pequeño aperitivo para los asistentes, ¿qué esencia o qué reflexiones clave se van a encontrar al subirse contigo a este viaje hacia la misteriosa ciudad de Krasnoyarsk-45?

Pues se van a encontrar con un viaje que empezó siendo una cosa y acabó siendo otra.

Trans-Siberian to the Closed City nace de un viaje a Siberia, a Krasnoyarsk-45, una ciudad cerrada rusa ligada a la industria nuclear. Yo llegué allí por mi trabajo en sostenibilidad, no como fotógrafa en el sentido clásico. Iba con una misión bastante concreta, con preguntas éticas, sociales y ambientales sobre la cadena de suministro del uranio.

(C) Esther Garrison

Pero cuando llegas a un sitio así, todo se vuelve más complejo. Tú puedes ir con una idea hecha, con tus prejuicios, con una narrativa casi preparada… y luego la realidad te descoloca. Eso me pasó allí.

Para mí, el libro habla de una ciudad cerrada, sí, pero también habla de muchas otras cosas: de los límites de la libertad, de las jaulas que aceptamos, de la seguridad, del aislamiento, de vivir en el pasado, de lo que decidimos no ver, de la responsabilidad que tenemos como consumidores y como sociedades. Y también habla de viajar hacia un lugar desconocido mientras, de alguna manera, viajas hacia tus propias contradicciones. Porque una puede mirar una ciudad cerrada rusa y pensar que eso está muy lejos de nosotras, pero luego empiezas a preguntarte: ¿cuántas cosas aceptamos nosotros a cambio de comodidad, estabilidad o seguridad?

Me gustaría que la gente que venga a la keynote no sienta que le estoy dando una respuesta cerrada. Más bien quiero invitarles a entrar conmigo en esa incomodidad, en esas preguntas. El libro no intenta explicar Siberia desde fuera. Intenta mirar, dudar y dejar que el lugar también te mire a ti.

Acceder a una “ciudad cerrada” rusa, nacida bajo el secretismo de la Guerra Fría para la producción nuclear, es casi imposible. Sabemos que llegaste allí a través de tu profesión en el ámbito de la sostenibilidad. ¿Cómo lograste transformar una “mirada clínica de consultora” en la sensibilidad visual y el relato humano que impregnan este trabajo?

Creo que no la transformé de golpe. Más bien convivieron las dos miradas.

Mi trabajo en sostenibilidad me ha acostumbrado a observar de una forma muy analítica: mirar impactos, riesgos, relaciones de poder, condiciones sociales, cadenas de suministro, responsabilidades que a veces quedan muy lejos del consumidor final. Esa mirada puede parecer fría, pero también te da una especie de radar.

Lo que pasa es que la fotografía te lleva a otro sitio. Un informe necesita conclusiones, indicadores, evidencias. La fotografía, en cambio, te permite quedarte en la duda.

En Krasnoyarsk-45 no iba buscando nada, ni siquiera un proyecto. Simplemente captaba lo que le intrigaba a mi ojo, ya fuese puro documentalismo de un lugar que es un viaje al pasado, como una sensación.

La consultora en mí quería entender el sistema. La fotógrafa quería entender cómo se vive dentro de ese sistema.

Y creo que el trabajo está justo ahí, en ese cruce. No reniego de mi mirada profesional, porque me llevó hasta allí y me dio herramientas para comprender lo que estaba viendo. Pero la cámara me permitió acercarme desde otro lugar, más vulnerable, menos seguro.

Trans-Siberian to the Closed City es un proyecto de fotolibro cuidado al extremo, con impresiones a doble página de hasta 41 x 28,5 cm. ¿Qué sentiste al redescubrir tus propias fotografías saltando desde el medio digital y la pantalla hasta convertirse en grandes impresiones físicas?

Bueno, primero aclarar que en realidad lo que presento es la maqueta del fotolibro, porque ahora mismo estoy buscando financiación para poder publicarlo con una editorial que se ha interesado por mi trabajo.

Aunque es una maqueta que parece una edición ya acabada porque está hecha a todo lujo. Me fui a Artes Gráficas Palermo, grandes profesionales. Y no me privé de nada: papel de 250 gr, mapas desplegables, cuadernillos insertados, tapa dura… Hice una edición limitada de 45 ejemplares que he ido presentando a concursos para conseguir financiación.

(C) Esther Garrison

¿Sensaciones? Pues me sentí abrumada y aliviada sobre todo. El proceso creativo, que fue parte del Máster PHotoESPAÑA, fue duro y muy solitario. Pasé por muchos meses en los que odiaba ver mis fotos, me aburría tremendamente viéndolas. Estaba muy perdida. Una vez que se imprimieron las maquetas la sensación de orgullo fue muy grande. Aunque el viaje no ha acabado, encontrar financiación para un fotolibro que está diseñado como objeto de lujo no es fácil, y no quiero recortar. Creo que el proyecto se merece el diseño que tiene actualmente: con su tamaño grande, calidad de papel, insertos, desplegables… ¡El mundo de la fotografía no es fácil!

Además, el grosor de las hojas no te permite pasarlas rápido, hay que pasarlas una a una, te obliga a quedarte. El concepto de fotolibro también me ayudó a contar una historia. Decidí incluir testimonios de personas que viven o han vivido en ciudades cerradas y es ahí cuando empecé a estar muy segura de lo que quería hacer.

Es un libro que juega con las emociones del espectador. En la primera parte te subes al Transiberiano y viajas por Siberia. Hay mucha foto de tren, porque quería expresar esa monotonía del tren, tan relajante, cuando dejas la mirada perdida en el horizonte y las horas pasan. Aquí no pasan las horas, pasan los días, y el espectador no sabe qué se va a encontrar: ¿qué es una ciudad cerrada? ¿Cómo es? El estilo fotográfico es muy cándido, muy humano y cercano… Y cuando llegas a la parte 2: ¡BOOM! Te encuentras con algo que no esperas… y el estilo fotográfico cambia también… Lo curioso de los proyectos es que esto que te estoy contando, digamos, me lo he inventado ahora, o más bien surge al pensar en el concepto de fotolibro y al ver las fotos en su conjunto… Para nada estando yo en Siberia pensé: «y ahora voy a hacer fotos de este estilo o de otro».

El fotolibro me enseñó a mirar mi propio archivo con más respeto. A entender que no eran solo fotos sueltas, sino una historia que necesitaba tiempo, edición, ritmo y silencio. Recuerdo mirar algunas fotos impresas y pensar: “yo no había visto esto”. Había detalles, gestos, atmósferas que en digital se me habían escapado. El papel les dio otra presencia. Las volvió más reales.

Tu trabajo No Content, reconocido en los ND Awards 2024, es una llamada a la pausa en un mundo hiperconectado donde nuestra capacidad de atención apenas llega a los 47 segundos y parecemos dominados por los algoritmos. En un panorama dominado por el consumo rápido de imágenes en redes sociales, ¿qué papel crees que debe jugar la fotografía documental y de autor para obligarnos a reconectar, detenernos y reflexionar?

Creo que la fotografía tiene que atreverse a ir más despacio, yo incluida.

No Content es un proyecto que me gusta mucho porque es muy diferente a lo que he hecho hasta ahora. Cuando estoy en Suecia tengo la suerte de estar rodeada de paisajes muy distintos y para mí la nieve sigue siendo algo muy exótico. Busco paisajes con ese blanco puro donde la mirada se te pierde…

Y es estando sola, disfrutando de esa belleza infinita, como meditando, cuando la idea surge. Pero la idea surge cuando ya he hecho unas cuantas fotos y veo que me repito y me pregunto: ¿por qué me repito? ¿Qué busco? Y después de meses o años surge esa idea: ¡ah! Busco lo minimalista porque… y ahora soy más consciente de esas fotos porque es un proyecto que continúa existiendo y ahora sí busco las fotos.

Estamos rodeados de imágenes todo el tiempo. Las vemos en el móvil, las pasamos con el dedo, las consumimos en segundos. Pero ver no es lo mismo que mirar. Y creo que ahí la fotografía documental y de autor tiene un papel importante: crear espacios donde la imagen no sea solo un impacto rápido, sino una invitación a quedarse.

No Content nace un poco de esa necesidad de pausa. De ese cansancio mental que produce estar siempre conectados, siempre reaccionando, siempre disponibles. Me interesaba trabajar con el vacío, con la niebla, con la ausencia de información, casi como una forma de resistencia. Coincidió también con un periodo de bastante ansiedad trabajando y haciendo el máster a la vez y un texto de Byung-Chul Han que leí en un vuelo a Washington y al aterrizar (esto es febrero de 2024) me encuentro con la carrera presidencial de Trump y ese sentimiento de ahogo de pensar: «Lo que se avecina…». De repente mirar esas fotos que había tomado hacía unos meses adquirieron un significado totalmente diferente… conecté mucho con Byung-Chul Han y esa necesidad de pausa.

Hoy parece que todo tiene que decir algo inmediatamente. Todo tiene que ser claro, útil, compartible, reconocible. Y a mí me interesa mucho lo contrario: imágenes que no se entregan del todo, que te piden tiempo, que incluso pueden incomodar porque no sabes muy bien qué hacer con ellas al principio.

Creo que la fotografía puede ayudarnos a recuperar una atención más profunda. No necesariamente dando respuestas, sino generando una pausa. Un pequeño paréntesis en medio del ruido.

Y eso, en este momento, me parece muy necesario. Casi un acto de cuidado.

Hablemos de herramientas. Para un proyecto documental, supongo que valoras mucho viajar ligera y pasar desapercibida. ¿Qué equipo utilizas actualmente?

Web oficial de Esther Garrison / Perfil en Instagram: @esthergarrison_photography

Sí, muchísimo. Para mí viajar ligera es fundamental. No solo por comodidad, sino porque cambia mi forma de estar en los sitios.

Trabajo principalmente con Fujifilm. Tengo la Fujifilm X-T1, que fue la cámara que me dio mi padre y que para mí tiene un valor emocional enorme. Luego tengo la X-T2, la X-T5 y también la X100F, que me encanta porque es discreta, pequeña y muy intuitiva.

Y en enero me compré la Leica Q3 43.

Así que en mis últimos viajes suelo llevar la Leica y la Fujifilm X-T5 con el 56mm f/1.2.

Pero no soy nada fetichista con el equipo. Para fotografiar necesito sentirme libre, moverme rápido, no llamar demasiado la atención y no convertir cada foto en una ceremonia. Me interesa mucho pasar desapercibida.

Al final, el mejor equipo es el que te permite estar disponible para lo que pase.

Volviendo a la inminente Fujikina Madrid 2026, el evento va a ser el epicentro de la fotografía durante esos días. Estarás compartiendo espacio con nombres como Alberto García-Alix, Álvaro Sanz, Toni Amengual o Estela de Castro. Más allá de tu keynote, ¿qué esperas absorber tú, a nivel de inspiración o aprendizaje, de este gran encuentro?

Primero, ¡es un honor compartir cartel con este elenco! Admiro muchísimo a Estela de Castro, fue tutora mía en el Máster de PHotoESPAÑA. De hecho, la descubrí en Instagram por su labor con los animales (que apoyo y admiro muchísimo) más que como fotógrafa.

Espero absorber muchísimo. Voy como ponente, pero también voy como alumna, totalmente. Me interesa mucho escuchar a otros fotógrafos hablar de sus procesos más que de resultados. Cómo dudan, cómo editan, cómo se equivocan, cómo encuentran una voz, cómo sostienen un proyecto en el tiempo. Creo que ahí se aprende muchísimo.

Además, los nombres con los que voy a compartir espacio tienen miradas muy distintas, y eso me parece lo más interesante.

También tengo muchas ganas de contar la historia de la ciudad cerrada. La fotografía puede ser muy solitaria. Pasas mucho tiempo mirando, editando, dudando, volviendo atrás. Así que tener un espacio donde enseñar el trabajo, hablar del libro, escuchar preguntas y ver qué despierta en los demás me parece un regalo.

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Jon Díez Supat
Jon Díez Supat
Friki fotográfico, jefazo y becario en Fujistas
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