Hoy he pasado el día en Sevilla, me llamaron para ir a recoger el 2º Premio del "I Concurso de fotografía y Cerámica Niculoso Pisano"
Se han presentado cerca de 100 fotos, de las que doce han pasado a la final y, entre esas doce fotos, estaban las tres que yo he presentado. Esta es mi foto que se ha llevado el 2º puesto y está hecha con la Canon 40D y el 24-105.
La foto tenía que llevar un texto descriptivo, que me lo escribió el alfarero. Nadie mejor que el para explicar lo que estaba haciendo:
“Entre el barro y el silencio del taller, el alfarero convierte sus manos en instrumento de precisión. Ante él, el Vaso de la Alhambra cobra forma, fruto de una técnica (Decoración en esgrafiado sobre baño de engobe con óxido de cobre) que exige experiencia, delicadeza y un profundo respeto por la tradición.
Cada curva, cada relieve y cada detalle ornamental requieren minuciosidad y paciencia. El alfarero trabaja despacio, casi como si dibujara sobre el barro, cuidando que cada motivo encuentre su lugar y que la decoración conserve la armonía que caracteriza a esta pieza.
No basta con saber modelar: hay que conocer el barro, dominar el oficio y tener la paciencia necesaria para detenerse en cada pequeño detalle.
Así, entre manos expertas y horas de dedicación, el barro deja de ser materia y se convierte en arte, historia y memoria viva de la alfarería.”
Se han presentado cerca de 100 fotos, de las que doce han pasado a la final y, entre esas doce fotos, estaban las tres que yo he presentado. Esta es mi foto que se ha llevado el 2º puesto y está hecha con la Canon 40D y el 24-105.
La foto tenía que llevar un texto descriptivo, que me lo escribió el alfarero. Nadie mejor que el para explicar lo que estaba haciendo:
“Entre el barro y el silencio del taller, el alfarero convierte sus manos en instrumento de precisión. Ante él, el Vaso de la Alhambra cobra forma, fruto de una técnica (Decoración en esgrafiado sobre baño de engobe con óxido de cobre) que exige experiencia, delicadeza y un profundo respeto por la tradición.
Cada curva, cada relieve y cada detalle ornamental requieren minuciosidad y paciencia. El alfarero trabaja despacio, casi como si dibujara sobre el barro, cuidando que cada motivo encuentre su lugar y que la decoración conserve la armonía que caracteriza a esta pieza.
No basta con saber modelar: hay que conocer el barro, dominar el oficio y tener la paciencia necesaria para detenerse en cada pequeño detalle.
Así, entre manos expertas y horas de dedicación, el barro deja de ser materia y se convierte en arte, historia y memoria viva de la alfarería.”
